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Martes, 17 de Julio de 2018

Malvinas 36 años después

Por Miguel Durán, Especial

La iglesia argentina. Hoy constituye un punto central en la isla, rodeada de viviendas y de una escultura moderna.

(01/04/2018) El autor viajó a las islas durante su viaje de bodas, meses antes del inicio de la guerra. Volvió en febrero y cuenta una diferencia que duele: desarrollo inglés sobre suelo argentino.

Atardecer del 10 de febrero de 1982 en Ushuaia. Al calor de una estufa a leña, los pasajeros del crucero italiano observaban desde los ventanales de la confitería del hotel el arco iris que se reflejaba en el mar. Ajena al fenómeno, Pirucha, una profesora jubilada, se sentó frente al piano y empezó a tocar La marcha de Malvinas. Al día siguiente pisaríamos las islas.

Aquella madrugada del 11 de febrero, el capitán del buque lanzó una advertencia: “Italia reconoce la soberanía del Reino Unido sobre las islas y por eso enarbolamos la bandera inglesa al lado de la italiana. Les advierto a los argentinos que no hagan ningún tipo de manifestación al desembarcar, porque no queremos tener un conflicto internacional”.

Al pisar el suelo de Puerto Argentino (Stanley, para los isleños), nadie se animó a realizar ningún tipo de manifestación. Al caminar por el pintoresco pueblo, no se advirtió ninguna expresión o gesto de desprecio de los kelpers (malvinenses, para nosotros). La sorpresa fue mayúscula al observar a hombres y mujeres viejos, todos simpáticos y amables. No había jóvenes ni adolescentes. No obstante la belleza del caserío y lo pintoresco del lugar, llegada una cierta edad los kelpers emigraban. Sólo permanecían algunos matrimonios jóvenes con hijos pequeños.


Los habitantes de Malvinas eran ciudadanos de segunda y no eran considerados británicos por el Reino Unido. Ni siquiera tenían documentos de identidad.
El interés de Inglaterra era que los kelpers permanecieran en las islas, aunque no tenían derecho alguno. Una recorrida por todo Stanley fue ilustrativa de las carencias que tenían sus habitantes. Había un almacén de ramos generales que tenía artículos de los más variados. Desde alimentos hasta elementos de labranza, pasando por ferretería y algunos electrodomésticos que se contaban con los dedos de una mano.

Las cruces de la emoción incontenible
Los cargos públicos eran ocupados por ciudadanos ingleses. Tal era la dependencia de Inglaterra que todos los contenedores con mercaderías pertenecían a la Falkland Islands Company dirigida por el esposo de la entonces primera ministra, Margaret Thatcher.

La salud pública casi no existía. Lo más elemental, como una operación de apéndice e incluso algunos partos, se realizaba en el continente. En materia de educación, la disponibilidad era prácticamente nula y se manejaban con maestros particulares.

1982. Un depósito de YPF, que ya no existe en las islas. (Miguel Durán)

A medida que caminábamos por las calles de ripio, el viento levantaba piedritas que se incrustaban en los tobillos.

Los jardines eran un vergel de flores multicolores sobre la turba (material orgánico rico en carbono, conocido como carbón vegetal) que se usaba de abono. Y también para calentar los chalés.

A medida que seguíamos caminando, algún gato se cruzaba. Eran las únicas mascotas de la isla; los perros no aguantaban el frío. Cuatro meses al año, el hielo lo cubre todo. Y el viento no descansa.

Había dos iglesias: la anglicana, que era un lujo frente a la humilde capilla católica. Lo más lujoso de Stanley, la isla más grande del archipiélago, era sin dudas la residencia del gobernador, que era designado por el Reino Unido.

No había hoteles. ¿Dónde ir a tomar un café o algo caliente? Sólo había dos lugares. Uno era la prolija “casa de té” con cortinas de tipo inglés. La dueña era una mujer muy entrada en años, y quien servía, una chilena, la única persona de habla hispana entonces.

La segunda y única alternativa era un pub. El observar el local de expendido de bebidas fue una invitación para ni siquiera sentarse. Eran las 11 de la mañana y en una mesa había tres colonos enormes y barbados tomando cerveza y riéndose a carcajadas.

Caminar por la costanera era un placer, y la foto obligada era sentarse o pararse al lado de un cañón, uno de los pocos adornos. También había un monumento y la primera mirada al mar era un viejo barco, a medio hundir.

Los kelpers eran también argentino-dependientes en la propia isla. Había una planta de YPF y las oficinas de la empresa argentina Líneas Aéreas del Estado. Nos llamó la atención que no había una sola bandera de nuestro país. Por eso, quienes realizaron aquel último viaje a Malvinas antes del comienzo de la guerra tenían la prueba de una de las mentiras que esgrimió la dictadura militar como argumento para recuperar las islas: que los kelpers habían quemado nuestro pabellón nacional que flameaba en Lade.

Esa inolvidable recorrida fue el broche de oro de nuestro viaje de bodas. Cuando los lanchones nos devolvían al crucero, miramos hacia atrás y sabíamos que algún día volveríamos.

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Malvinas hoy

Hoy. Reservas de combustible en las Islas Malvinas. (Miguel Durán)

Hoy. Reservas de combustible en las Islas Malvinas. (Miguel Durán)
Debieron pasar 36 años para cumplir aquel sueño. Ocurrió el pasado 9 de febrero, cuando unas embarcaciones más grandes nos depositaron en suelo malvinense. Caminábamos y nos sorprendíamos a cada paso.

La guerra había cambiado radicalmente la vida de los kelpers. Apenas concluido el conflicto bélico, los isleños dejaron de ser indocumentados para convertirse en ciudadanos británicos.

Sin embargo, pese a ser considerados “ciudadanos plenos” tienen algunas limitaciones, políticamente hablando. Estos ciudadanos sólo pueden elegir a las autoridades locales, denominados “cónsules”, equiparados a lo que serían nuestros concejales. No pueden participar en las elecciones de primer ministro y ni siquiera del gobernador de la isla, quien sigue siendo designado por el Reino Unido.

La población casi se cuadruplicó, con más de 3.600 habitantes en Puerto Argentino (Stanley), a los que hay que agregar dos mil militares que viven en la impresionante base militar ubicada a 40 kilómetros del pueblo y a mitad de camino al cementerio Darwin.

¿Cónsules o ministros?

Aunque son el equivalente a nuestros concejales, los cuatro cónsules del Gobierno local cumplen funciones de ministros. Sus carteras son: Salud, Educación, Agricultura e Industria, y Obras Públicas y Economía.

En cuanto al área Salud, hay cinco médicos que se dedican a partos y a operaciones de apéndice y de vesícula. Casos más complejos, que antes se resolvían en ciudades argentinas, se derivan a Santiago de Chile. Si se trata de cuadros muy graves, los pacientes son atendidos en Inglaterra.

Uno de los principales avances en estos 36 años se dio en Educación. En las escuelas de la isla, los alumnos cursan 11 años, desde el jardín hasta el secundario. Los que quieren seguir estudiando son enviados al Reino Unido para cursar dos años de un college. Tras ese período, los egresados pueden optar por cualquier carrera universitaria en el Reino Unido. Todos los gastos son afrontados por el gobierno de las islas.

Los estudiantes de 16 años que no quieran seguir estudiando tienen la obligación de aprender un oficio y, como era de esperar, a esa especialización la hacen en Inglaterra. Cuando retornan a Stanley, empiezan a trabajar cobrando el mismo sueldo que cualquier trabajador. El salario promedio es de 1.500 libras, equivalentes a 2.250 dólares. Hay 600 personas que trabajan para el Estado, pero sólo 70 son administrativos.

Otros que se capacitan en Gran Bretaña son los aspirantes a bomberos. Tienen un adiestramiento especial, porque cuando regresan tienen que realizar tareas muy complejas, como rescates en el hielo, en alta mar, incendios y derrumbes. Es por eso que cobran el doble de sueldo que el común de los isleños.

La economía, floreciente

El término más adecuado para hablar de la economía es “floreciente”. Si aludimos al ganado, hay 500 mil cabezas de bovinos, 50 mil vacunos, equinos y cerdos.

Trabajo es lo que sobra. Centenares de personas de distintos puntos del planeta arriban para realizar cualquier tipo de tarea. La isla se ha convertido en una suerte de Torre de Babel donde se hablan 20 idiomas diferentes. Hay 160 ciudadanos chilenos y 40 argentinos, estos últimos porque se casaron con isleños.

A los tres años de trabajo, los extranjeros reciben la residencia, y a los 10 años obtienen la ciudadanía británica.

Cuando una familia quiere hacer su primera casa, el Gobierno le vende el terreno al 70 por ciento de su valor. Si quiere una segunda casa, debe afrontar el ciento por ciento. El principal material de construcción es el cuarzo, con canteras diseminadas por toda la zona rocosa.

Una iniciativa que ha dado excelentes resultados es “subsidiar” emprendimientos que son de interés común y que pueden representar nuevas fuentes de trabajo. Hubo un británico que dejó Londres y se instaló en Stanley. “Quiero hacer una huerta”, dijo. En pocos meses, el “quintero” había devuelto el subsidio. Hoy tiene a su cargo numerosas personas y una vez por mes exporta verduras a Londres y otros países de Europa. Uruguay importa verdura desde las islas.

Los impuestos no son baratos y hay personas que tienen dos y hasta tres trabajos. Los vehículos son muy caros. Una Land Rover usada cuesta 16 mil libras (24 mil dólares).

Más allá de la ganadería, la agricultura y la industria, el principal ingreso de cifras millonarias proviene de las licencias por pesca que pagan España, China y Japón. En el mar de Malvinas, hay truchas de entre 12 y 14 kilos, meros enormes y otros peces de gran tamaño.

El turismo representa otra importante entrada de divisas. No sólo arriban cruceros sino vuelos desde Chile y desde Río Gallegos.

En la imponente base militar de Mont Pleasant, está el aeropuerto internacional que recibe dos vuelos semanales desde y hacia Londres. Una enorme aeronave arriba una vez por mes con las compras realizadas por habitantes de la isla en Inglaterra a través de un intermediario. Por ese medio, se transportan camionetas, contenedores y hasta una pequeña casa amueblada, como sucedió meses atrás.

Luz y gas

Todas las casas tienen calefacción central y utilizan garrafas de 45 kilos, además de diésel y querosén. El año pasado, el Reino Unido contrató a varias empresas privadas para buscar petróleo en la plataforma submarina. Los resultados arrojaron que hay yacimientos y los malvinenses no ven la hora de que se extraiga petróleo, para poder contar con gas natural.

En materia de electricidad, se instalaron seis molinos eólicos en proximidades del pueblo, lo que permite un ahorro del 40 por ciento. Es decir que los habitantes sólo pagan el 60 por ciento del costo de la electricidad. En establecimientos rurales, hay molinos eólicos y el costo de la energía es cero.

Una de las cosas más sorprendentes para los argentinos que se interiorizan de la realidad social de Malvinas es la seguridad. Existe una cárcel con sólo 16 calabozos, que nunca están llenos. Cuando estuvimos en el lugar, nos explicaron que había sólo ocho presos.

Los delitos más comunes son las peleas callejeras y algún tipo de abuso. No existen robos. “Acá a nadie se le pasa por la cabeza quedarse con algo ajeno. Si alguien encuentra una cartera o un celular en la calle, lo levanta y deposita sobre la verja más cercana, para que quien extravió el bien lo encuentre cuando vuelva”.

Existen tribunales populares para juzgar los delitos menores. Si se trata de delitos graves, abusos sexuales u homicidios, por citar algunos, son juzgados por la Justicia del Reino Unido.

Hace 36 años no había hotel, y existía un solo pub y una casa de té. Hoy hay nueve hoteles y 12 pubs. Y restaurantes internacionales. Pasaron 36 años. La primera vez éramos recién casados. Volvimos con menos pelo y como padres de dos hijos de 29 y 34 años. ¿Habrá una tercera visita? Lo veremos.

Un sitio que ya no existe: El cañón de Malvinas

36 años después, casi nada es igual en las islas.



El periodista Miguel Durán visitó las Islas Malvinas en 1982, dos meses antes del inicio de la guerra.

Logró volver a las islas en febrero pasado y relata lo que encontró: el triple de población, comodidades y servicios impensados hace 36 años y una cultura kelper desarrollada en base a beneficios que otorga el Reino Unido.

Fuente: La Voz del Interior

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