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Jueves, 18 de Enero de 2018

Un viaje por la historia tucumana a través de su patrimonio católico

En Chicligasta está la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, en la que confluyen la arquitectura guaranítica con la europea.

(Tucumán - 17/12/2017)
La flamante edición del libro “Templos católicos de Tucumán” visibiliza el valor arquitectónico, estético e histórico de casi medio centenar de edificios y monumentos religiosos de nuestra provincia. Pero es más que un registro de los espacios de devoción: también, a lo largo de sus 416 páginas, la obra le propone al lector, bajo la guía/excusa del arte religioso, un recorrido apasionante por tres siglos de nuestra historia.

Con autoría de Carlos Páez de la Torre (h), Celia Terán y Carlos Ricardo Viola, y diseño y fotografías de Sebastián Rosso, esta nueva producción editorial de LA GACETA aspira, como expresan los autores, a que los tucumanos tomen conciencia del incalculable valor patrimonial constituido por los templos católicos de su provincia. La flamante edición, que contó con el apoyo del Gobierno de la Provincia, será presentada el martes, a las 20, en el auditorium de la Unsta.

Estructura de la obra

El libro describe 43 templos católicos ubicados en la provincia de Tucumán, tanto en el campo como en la ciudad capital. La selección se hizo teniendo en cuenta el valor histórico, los valores arquitectónicos y la importancia de las imágenes y muebles que contienen.

Con una cuidada revisión de los textos y con material gráfico completamente nuevo, es esta una nueva versión de la obra “Iglesias de Tucumán. Historia. Arquitectura. Arte”, que escribieron Páez de la Torre (h), Celia Terán y Ricardo Viola, y que fuera publicada en 1993.

En referencia a la flamante edición, los autores destacan en el prólogo: “se ha sumado un prolijo y detallado registro fotográfico que busca revelar, según los casos, el aspecto exterior o el interior de los edificios, y que se detiene en los objetos que en ellos se atesoran”. Apuntan que para esta nueva edición se revisaron archivos, bibliotecas y colecciones (en álbumes familiares, en diarios y en revistas) para ilustrar los cambios que sufrieron los templos a lo largo del tiempo.

¿Qué más ha cambiado entre la edición de 1993 y la actual? Afirman los autores que en este lapso se verificó la pérdida de muchos de los bienes entonces descriptos. Y que el caso más lamentable y difundido fue el de la escultura en madera de San Ignacio de La Cocha, que fuera quemada en 1994 y reparada al año siguiente por el escultor Guillermo Rodríguez.

De todos modos, el arquitecto Viola destaca que en general se manifestó una mejora de los templos, una puesta en valor, particularmente en las ciudades cabeceras de municipios, “por el afán de los párrocos y feligresía”.

“En contrapartida -continúa- las pequeñas iglesias de pueblos o casonas rurales de recónditos lugares de nuestro territorio deben y merecen mayor atención, pues la falta de mantenimiento y el clima tucumano están haciendo mella en sus estructuras”.

Entre los cambios auspiciosos, rescata el experto la recuperación de la iglesia fundacional de Lules, por ejemplo; o el buen mantenimiento que tiene la capilla de Ingas. Pero advierte que no necesariamente los templos declarados Monumento Histórico Nacional están mejor protegidos que los que no han accedido a ese paraguas protector. Un caso para tener en cuenta es el de Nuestra Señora de la Candelaria de la villa de Chicligasta que, indica Viola, merece algunas intervenciones. Sobre ese aspecto, aconseja que los arreglos, ampliaciones o restauraciones que a menudo se les practican se canalicen a través de los institutos especializados, para evitar la desnaturalización del acervo originario.

“La propia ley de Patrimonio (7,535 y 7.500) en algún momento deberá involucrar estos edificios que carecen en su mayoría de protección; claro está que con medidas inteligentes para permitir su conservación”, advierte Viola. Precisamente, en la edición actual faltan dos templos, según se puede leer en el prólogo de este volumen. Uno ha desaparecido definitivamente: el oratorio San Alberto, de la Finca de Juan Cruz Padilla (estaba ubicado por calle Jujuy al 5.000); y el otro es el que correspondía a la iglesia de San Jerónimo en San Pedro Mártir, cerca de Atahona, por la ruta 157. Cuenta el arquitecto Viola que para la edición de 1993 esta última edificación ya estaba en ruinas; y que hoy prácticamente quedan unas pocas paredes entre malezas. Y como no son los únicos ejemplos de que el patrimonio religioso provincial ha cambiado con el paso de los años, los autores tuvieron que corregir -y en muchos casos reescribir- los textos para ponerlos en concordancia con las imágenes actuales.

Lo sagrado

Sebastián Rosso, que no había participado en la edición de 1993, subraya que lo que lo ha sorprendido en su relevamiento del acervo católico tucumano es la diversidad de estilos y formas en los que se expresan los espacios y las figuras sagradas. “Es atrapante, seas o no devoto, la sensación de que estás en un espacio no-ordinario, no-habitual cuando estás dentro de una iglesia. Podés estar solo o rodeado de gente y la sensación es siempre misteriosa. No tiene que ver con una religión en particular - reflexiona -sino con una espiritualidad introspectiva que en medio de una misa emana de todos los participantes; y cuando estás solo parte del aire, de las luces o de las imágenes”

Fuente: La Gaceta

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