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Lunes, 11 de Diciembre de 2017

Dublin, devoción cervecera

La capital de la República de Irlanda se mueve con ritmo propio donde cada día de la semana termina cerveza en mano. Atractivos, cuentos e imperdibles.

(01/10/2017)
Dublin a las 5 de la tarde, no es the five o’clock tea precisamente. Es el momento en que los bares comienzan a poblarse, las cervezas corren por las barras y los habitués, como los turistas y los que van de paso, se rinden ante el brebaje. El peregrinaje hacia los pubs quizá tenga horario de arranque, aunque aquí la cerveza no mira el reloj. Altos vasos de 500 cc con escasa espuma, del color más dorado, rojo, negro y de sabores también asequibles, según la materia prima, constituyen el viaje de descubrimiento del viajero. Eso sí, no intente - y en esto soy irreductible no les perdono bajo ningún pretexto- seguir el derrotero a los locales: perderá por knock out.

Una vieja historia relata que cierto caballero, luego de salir de su trabajo, pasó por la taberna como cada jornada. Al llegar a su casa, varias cervezas después, encontró a su vecino en la cama con su esposa, razón por la cual hizo justicia por mano propia defendiendo su honor: los asesinó. Al día siguiente se despertó ensangrentado en un sillón, miró en derredor y encontró al vecino y a la esposa de éste acuchillados en sus aposentos. El hombre nunca había llegado a su propio hogar. Luego de este entrevero trágico se decidió pintar de colores las puertas de las casas para reconocer la propia por si el alcohol nubla la mirada. Hoy pueden verse en varios barrios y junto al río Liffey, esa costumbre que hace más bella la ciudad y más claros los asuntos entre vecinos.

Por la mañana ya el olor a cebada que emana de la fábrica de cerveza Guinness, como de otras, impregna el aire que corta el sol avisando que el verano ya es recuerdo. En el colectivo que traslada desde el aeropuerto, una cordobesa que vive en Dublin desde hace 8 años nos marca los puntos de interés a visitar y, lo más importante, cómo llegar al hotel. Pasamos junto a la “aguja” en O'Connell Street. El nombre del monumento del milenio es The Spire (la espiral), una gran punta que se eleva 120 metros fundiéndose con el gris del cielo. En cuanto a belleza o utilidad, carece de ella, es imposible fotografiarla y los irlandeses dicen que lo único que tiene de bueno es que la luz titilante de la punta de cada noche -que según ellos puede verse desde Londres- es un “fuck you” diario a aquellos, aludiendo a que estos irlandeses lograron independizarse.

A propósito, en cuanto hay Wi Fi me escribe Adriano (7 años) -Traeme una camiseta de Irlanda del Norte porque mi bisabuelo era de ahí”, me dice.

- Es que no estoy en Irlanda del Norte (que pertenece al Reino Unido y que su capital es Belfast). Estoy en la República de Irlanda, que es independiente y su capital es Dublin, explico. Fin de la comunicación, mala mía, estoy en la otra Irlanda.

Precisamente el sentido de pertenencia nacional, el orgullo de su identidad y del logro de haberse sacado el yugo luego de más de 750 años, se ve en calles y se canta en bares, no es un detalle menor. Desde aquel Levantamiento de Pascua de 1916 que fue rápidamente sofocado por el Reino Unido, y la posterior lucha por la independencia -que llegaría décadas más tarde- se marcó a fuego el temple de esta gente.

Raíces de mar y piedra

Aseguran que los celtas alcanzaron estas tierras 500 años a.C y que su cosmovisión perdura en cada piedra. Mucho más tarde arribaron los vikingos, a comienzos del siglo IX, los que llegaron con su barcas -sin cascos con cuernos, vale aclarar- y entre dimes y diretes, entre siglos de luchas y mixtura cultural, entre Britania y sus conquistas, para más tarde ser parte del Reino Unido, hoy encontramos en Dublin una ciudad multicultural, amable, con su relato del ayer claro, defendiendo sus orígenes y con los ojos hacia adelante. Aquí se radican las sedes físicas de Internet de varias compañías.

Entre líneas, en las páginas de sus excelsos escritores como James Joyce, Oscar Wilde, Samuel Beckett, o Bram Stoker, también en los primeros pasos de U2, se aprende sobre esa historia que los vio nacer. El viajero notará, a las pocas horas de pisarla, que la urbe no está revestida de grandes palacios ni monumentos o museos estridentes, y anda muy cómodo, descubriendo los encantos ocultos.







Volvamos a la cerveza

Es Temple Bar la barriada para comenzar a despuntar el vicio irlandés. Pintoresco, con comercios coloridos, banderas, faros y florecillas colgando de los balcones, la calle del mismo nombre y el bar homónimo, son perfectos para el turismo. Una birra y una foto obligada en el sitio -aquí también hay una anécdota, en el país en el que los pubs son templos un señor llamado Temple se puso un bar, y de allí todo un negocio para él y todos sus vecinos-.

Hay que seguir, pues muchas tabernas y pubs llaman a conocerlos. Tras las puertas -como mundos paralelos- se adivinan siluetas entre luces y sombras. Ya nadie fuma por allí obviamente, pero es imposible dejar de imaginar el humo como telón de la banda que toca en un mínimo espacio, pues el resto está ocupado por visitantes con sus enormes vasos, codo a codo, brindis a brindis o sláinte a sláinte que es el “salud” en gaélico.







Si bien cada uno tiene su impronta, el denominador común de estos recintos son las antiguas barras de madera, algunas súper laqueadas, las bancas en derredor y casi siempre dos frentes, para atender tanta demanda. Algunas son tan antiguas que cuentan con tallas y bronces, cuero para sentarse y una carta de bebida sorprendentes. Los grifos en todas, con entre 7 y 15 marcas, porque la tirada es la cerveza por excelencia, draught beer. En la variedad está el gusto dicen, entonces entre las birras irlandesas se puede probar obviamente la Guinness. Luego Belfast’s Blonde, Harp, Kilkenny, Galway Hooker, O’Hara´s. Las del mundo también habitan los escaparates, desde Carlsberg pasando por Heinecken, Stella Artois, Miller, Budweiser y Pilsner Urquell, por dar algunos nombres. Mientras pide una y otra más, notará que nadie come, curioso. Los alimentos hasta las 8 pm se sirven. Luego confórmense con una bolsita de papas fritas. En tanto suena un tema de U2, y no es de extrañar, forma parte del repertorio obligado ya que fue Temple Bar donde Bono, The Edge y compañía ofrecieron sus primeros shows.

De pub en pub

A los puristas que siguen las guías de viaje hay que decirles que acá no hay mucho que pensar: es entrar al que atraiga y ya, siempre hay música en vivo y siempre un espacio para apoyar el vaso entre paredes con historia. Imaginen el primer bar reconocido por aquí es del siglo XII. Lo interesante es que son muy animados. Todos los asistentes hablan y cantan a viva voz y las melodías no dejan de sonar. Pero el viajero purista insiste en que demos nombres, ahí van: el pub O’Neils, muy cerca de Grafton Street, es muy grande, totalmente de madera, con diversos ambientes y ofrece buena gastronomía local entre varias barras. Algo genial: hay mesas con sus propios grifos para servirse uno mismo…

The Brazen Head, por su parte, es el bar más antiguo de Dublin. Se jacta de haber sido fundado en 1198. Quizá como antigua posada vikinga. Se come bien, se bebe mejor y, como si fuera poco, es posible ver teatro o escuchar a algún cuanta cuentos. Lo lindo llega cuando el relator habla del fantasma de Emmit Robert, sentado justo ahí... a unos metros. Su alma no descansa, fue un conspirador contra la corona británica, perseguido, encontrado y ahorcado en 1803. Algunas noches -dicen- se oyen sus proclamas.

Otro con buena pinta es The Church, que se encuentra ni más ni menos que en una iglesia del siglo XVII. Es que por aquí el tema del Vaticano y sus propiedades no está claro. Entonces, las iglesias se alquilan, se transforman en boliches o mercados. Es una linda oportunidad de observar el verdadero templo de la cerveza entre imágenes religiosas y paganas, un antiguo órgano y música en vivo. Ecléctico si los hay.

Pero si no se decide aún puede optar por un “pub crawls”, recorridos de bares organizados por agencias que llevan a cinco pubs y terminan en una disco, pagando 12 euros por la guía con descuentos en todos los locales. Resulta divertidísimo porque no tocan ninguno de los bares nombrados, sino que se accede a joyitas que no se encuentran con facilidad.







Un par de días alcanza

La fábrica de Guinness es un imperdible, la más tradicional la de sir Arthur Guinness, que en 1759 creó su variedad negra, inmortal. La fábrica y museo no solo recorren la historia de esta marca y sus variedades sino los modos de elaboración y los implementos a través de los siglos. (www.guinness-storehouse.com).

De ahí en más es propicio tomar un paseo por O´Connell Street, caminará unos 10 minutos, pero es ineludible, esta arteria que nace en el puente homónimo y concentra el núcleo citadino con la oficina Central de Correos –donde fue el alzamiento de Pascua de 1916- y el Monumento a la Luz o Espiral, la famosa aguja de acero inoxidable, es muy transitada por los de aquí y allá.

Luego Henry Street la más comercial de todas las arterias de Dublín, por tanto hay que comprar los obsequios por aquí o las ofertas de temporada que nunca están de más. Muy cerca en Talbot Street, está la estatua de James Joyce cuya huella y la de sus letras pueden seguirse por rutas muy bien señalizadas por todos los barrios (www.jamesjoyce.ie) para los que aman la naturaleza el Phoenix Park es un lugar de esparcimiento verde y enorme, con actividades al aire libre. Obviamente se lleva cerveza para el pic nic.

El área sur –del otro lado del río- es mucho más turística, desde el puente de O ´Connell (buen punto para ubicarse) ya puede verse el Trinity College – la universidad con varios edificios de facultades y su famosa biblioteca-. Sus aulas han acogido a estudiantes famosos como Óscar Wilde o Bram Stoker, y cuenta con una gran biblioteca para investigación. El tesoro: el Libro de Kells, contiene un texto en latín de los cuatro evangelios escritos con una caligrafía muy ornamentada, realizada con coloridos pigmentos.







Lejos de las Sagradas Escrituras, este mes la city recuerda a Bram Stoker y a su obra Drácula. Por allí afirman que tomó el nombre del irlandés ‘Dreach-Fhoula’, que se pronuncia droc-ola, y significa ‘malo o manchado de sangre’, también dicen que la mitología irlandesa se entre lee en sus páginas. Ámbitos victorianos y macabros relatos de horror a través de artistas y de paso, las leyendas celtas en las vísperas de Halloween.

Pero sigamos con el recorrido citadino, enfrente al edificio educativo, el Banco de Irlanda que en algún tiempo fue sede del Parlamento, un bello ejemplar del neoclásico. Un dato: algunas ventanas selladas, resulta que en cierto momento los británicos pusieron impuestos a las casas con ventanas, había que pagar por cada una de ellas, entonces, los irlandeses decidieron sellar varias... rebeldes con causa.

A metros de la fachada de la casa de altos estudios, se inicia la otra calle para pasear, la Grafton Street, y allí la estatua de Molly Malone, un personaje del folklore irlandés pescadera durante el día y prostituta de noche. El tema es que para regresar a Dublín hay que tocarle el pecho izquierdo, el que brilla como ninguno. En Grafton se encuentran divinas tiendas y los fines de semana las calles se pueblan de artistas callejeros entre grandes marcas. Al final de la arteria está St Stephen's Green, otro parque emblemático de la urbe, y le siguen cuadras muy pintorescas con arquitectura georgeana.

Cierto es que Dublín se bebe, se camina y se ve tricolor, las tres franjas verticales de iguales dimensiones: verde, blanca y naranja visten la urbe y a sus habitantes. La franja anaranjada simboliza a los protestantes de Irlanda y la verde a los católicos del país. La franja blanca, en tanto, simboliza la paz que finalmente llegaría entre ellos. Sin embargo la sabiduría popular señala que en verdad el color naranja representa a las cabelleras irlandesas “pelirrojas”, el verde, el tono de sus ojos, y el blanco el de su piel. No los contradiga, pues ellos también afirman que “la verdad jamás debe arruinar una buena historia”.







MÁS PARA VER Y MARAVILLARSE

- Iglesia de San Patricio. La catedral, que constituye la mayor iglesia de Irlanda, fue erigida junto a un pozo en el que San Patricio bautizó a los conversos alrededor del año 450 en DublÍn. Recordemos que fue un misionero cristiano y es conocido como el santo patrón de Irlanda, considerado el introductor de la religión cristiana en la isla. San Patricio tuvo que explicar una vez lo que era la Santísima Trinidad. Para que todos lo entendieran, utilizó un trébol como muestra, explicando que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad, pero con tres personas diferentes. La primera hoja de trébol era el Padre, la segunda era el Hijo y la última el Espíritu Santo. Luego de ello, el trébol de tres hojas que representa a las tres personas de la Trinidad, pasó a ser un símbolo de la iglesia de Irlanda. Su fiesta es el 18 de marzo. 5 euros.

Los acantilados de Moher. Se trata de abruptas caídas de hasta 214 metros sobre la costa marina, uno de los acantilados más altos de todo el continente y muy famosos además por haber sido elegidos por el mismísimo Harry Potter. Ésta es la gran atracción del Condado de Clare y uno de los mejores paisajes que regala Irlanda. Hacia el Este y los Twelve Bens; hacia el Oeste, el faro de Loop Head. Al frente las olas más grandes de Europa, Aileen's Wave, la más buscada por los surfistas de aquellas latitudes.

Patrimonio megalítico y celta. En muchos rincones de la isla pero principalmente en el Condado de Sligo donde abundan ruinas, altares, túmulos y monumentos funerarios.

La Calzada del Gigante fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1986. El origen de este peculiar accidente geológico se debe a una disputa entre dos gigantes rivales: Finn, desde Irlanda, y Bennandoner, desde Escocia, se lanzaban piedras y acabaron por formar una pasarela de columnas de basalto entre ambas tierras.

Fuente: El Día

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