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Martes, 17 de Octubre de 2017

El 152º aniversario de la Patagonia Galesa

El desembarco

(Puerto Madryn - 28/07/2017)

(De La Colonia Galesa de Richard Jones, Glyn Du Y Drafod, 1919-1920)

Aquí estamos, por fin, sanos y salvos al término de nuestro viaje. En general la navegación fue buena en todo sentido. Cuando recordamos que éramos gente común, sorprende pensar en que todo saliera sin mayores problemas.

Al zarpar de Liverpool éramos 153; dos bebés murieron en alta mar y otros dos murieron poco antes de llegar pero fueron enterrados en Puerto Madryn; hubo dos nacimientos en alta mar. Creo que puede decirse que nunca antes en la historia hubo una muestra más representativa del pueblo de Gales que la del contingente del Mimosa. Allí estaban representados todos los condados del principado y cada una de las grandes ciudades de Inglaterra y otros lugares. Estaban el agricultor, el minero, el herrero, el carpintero, el albañil, el ladrillero, el almacenero, el tendero, el zapatero, el sastre, el literato y el gráfico, el pastor de ovejas y el pastor de almas, el médico y el farmacéutico, el viejo y el joven, el creyente y aquel que no iba mucho a la iglesia o a la capilla; había independientes, bautistas, wesleyanos, metodistas, unionistas, y anglicanos, y todos fervientes partidarios de la idea de una Colonia Galesa.

Habría que aclarar que con anterioridad el Comité Ejecutivo de Liverpool, había enviado a Lewis Jones y a Edwyn Roberts a Buenos Aires para hacer los arreglos necesarios con el gobierno y para mandar a Puerto Madryn animales, enseres y materiales de construcción para cuando llegara el Mimosa. El barco que estaba fondeado en el puerto cuando nosotros llegamos, era el suyo.

Lewis Jones y Edwyn Roberts fueron bien recibidos por el gobierno, sobre todo gracias a la influencia del Dr. Rawson que era Ministro del Interior en aquel entonces. Por cierto, él era una excelente persona, un argentino cabal, muy interesado por todo lo británico porque sus padres habían emigrado de Gran Bretaña. En reconocimiento a todo el apoyo que él nos brindó en la época de la instalación de la Colonia, nuestro primer pueblo se llamó TreRawson, que se conoce hoy como Rawson, capital del vasto territorio del Chubut.

Cuando ancló el Mimosa Lewis Jones subió a bordo. Se lo veía bien y entusiasmado, hubo apretones de manos y efusivos saludos. Luego de estas ceremonias, Lew se subió a unos bultos y reunió a la gente, y como era un orador incomparable, como todos saben, fue un placer escucharlo ¿no?.

Entonces nos contó lo que había conseguido del gobierno para nosotros, tantas vacas, tantos caballos, ovejas y cerdos, herramientas, trigo, semillas, arados y tales y tales cosas. Luego siguió contándonos las evidentes ventajas de establecerse en el Chubut. A todos nosotros, ese discurso nos pareció uno de los mejores que hombre alguno dijo jamás, pero si hubiéramos sido tres veces más numerosos y con bastante capital para empezar, posiblemente no todos los puntos del discurso se habrían captado plenamente pero –sí, pero- sin ellos no hubiera valido de nada el discurso. Después de saludarnos Lewis Jones se volvió a su barco. Entonces se bajó al agua el bote de nuestro propio barco y ahí fue cuando hubo forcejeos para abordar el primer bote que iba a tierra y ser de los primeros en desembarcar; y uno o dos de los más ansiosos por tener ese honor, llegaron a tirarse al agua antes de que el bote alcanzara la orilla.

Los animales vinieron por tierra desde Rio negro al cuidado de varios gauchos o cowboys como se llamaba a los arrieros de ganado en los Estados Unidos. Edwyn Roberts era el jefe de estos peones. Cuando desembarcamos nos extrañó mucho ver a estos hombres sentados en la playa, en círculo alrededor del fuego, sobre el cual se asaban dos o tres cabezas de oveja para la hora de la cena.

Una vez más llegados los animales y las provisiones, de Lewis Jones y Edwin Roberts erigieron un pequeño depósito para almacenar las cosas y construyeron una especie de pequeñas cabañas para abrigo de las mujeres y los niños. También cavaron un pozo (que hasta hoy es llamado “Pozo de Agua Salada”) para aprovisionar de agua al contingente, pero, como su nombre lo indica, se ve muy bien de qué clase de agua se trataba, aunque igual nos vino muy bien muchas veces.

Con relación a la excavación de este pozo hay una historia escalofriante: Mientras Edwyn Roberts y varios de los peones que ya mencioné estaban cavando este pozo, hubo algún altercado entre ellos y Edwyn y decidieron cobrársela. Tuvieron la ocasión de hacerlo un día, cuando el pozo ya era bien hondo y Edwyn estaba trabajando en el fondo mientras ellos extraían el material de descarte. Entonces se fueron y lo dejaron (abajo) para que muriera; tomaron los mejores caballos dispuestos a robar las provisiones y volverse a Río Negro con su botín. Pero la Providencia cuidó a Edwyn al ablandar el corazón de uno de los peones y hacerlo regresar al pozo esa noche para ayudarlo a salir. Este hombre que lo rescató era un irlandés llamado Jerry y es difícil saber si actuó por miedo a las consecuencias o por lastima. Yo creo que su sangre del irlandés se apiado de su primo galés que iba a morirse en el fondo del pozo. ¿No hay acaso un viejo refrán que dice: “La sangre es más fuerte que el agua”? Al cabo de 70 años de andar en esta tierra es así.

Pocos días antes de nuestra llegada había llovido fuerte (en Puerto Madryn) y en ese gran bajo que hay detrás de donde ahora está la estación de ferrocarril se formó una laguna. (El 27 a la tardecita) dos o tres jóvenes estábamos saliendo para allá a buscar agua cuando llegaba a tierra el bote que traía al último grupo. Ahí venía un hombre joven llamado (*) David Willams, oriundo de la zona de Aberystwiyth, que pidió que lo esperáramos para venir con nosotros, y así hicimos. En cuanto llegó a la orilla nos fuimos charlando animadamente hasta donde estaba el agua, si es que merece ese nombre ya que era espesa como barro, y blanca como leche porque los animales la habían pisoteado.

Después de llenar los recipientes, como una pandilla de chicos curiosos, trepamos hasta la cima de los médanos y de las lomas que había por ahí cerca. El sol estaba poniéndose detrás de las mesetas del oeste, así que ya era hora de regresar a donde estaba el resto de la gente, pero para nuestro estupor David Williams no se veía por ninguna parte. Gritamos hasta hacer nuestras voces retumbar entre las lomas, pero no hubo ni un llamado, ni nadie respondió. Regresamos al campamento con la esperanza de que él se nos hubiera adelantado, pero tampoco estaba allí; luego salimos a buscarlo, de a dos o de tres en distintas direcciones, pero fue inútil. Encendimos fogatas para iluminar la zona, pero el querido compañero no apareció. Entonces uno de nosotros recordó haberlo oído decir, cuando estábamos a bordo, que él sería el primero en llegar al río o al valle si no lo atrapaban los indios o caía en las fauces de las fieras. Según parece fue así, pues al cabo de unos años se encontraron sus restos cerca de la Laguna Grande y se los reconoció por algunas de sus pertenencias, entre ellas un librito llamado “Catecismo para ingleses y galeses”, que él nos leyó muchas veces durante el viaje. Así le llegó el fin al pobre David Williams.#

(*)David Williams tenía 36 años; los escritos aquí mencionados nos lo presentan como una personalidad interesante. Su catecismo tenía un versión “especial” de los Mandamientos y del Padrenuestro, el que comenzaba diciendo “Gran Inglés que habitas en Londres…”ambos escritos aparecen en Williams, B. (1962, anexo 6). Los restos de David Williams se encontraron en noviembre de 1867 en el Bajo de los Huesos, que debería su nombre a este hallazgo.

Primeros días enla nueva tierra

En los días siguientes a nuestra llegada al valle, estuvimos levantando chozas de juncos mientras esperábamos al bote que nos traería comida desde Madryn. Antes de que llegara el bote, sucedió que varias de las chozas se derrumbaron y debido a estas desgracias perdimos muchas cosas que eran de gran valor para nosotros en aquel momento. Para empeorar las cosas, se no había terminado toda la comida que teníamos, así que no teníamos más remedio que cazar los que pudiéramos, patos salvajes, teros o cualquier otro pájaro, puro o impuro, que se nos pusiera a tiro. Además las municiones se nos estaban acabando rápidamente y estábamos muy preocupados en gastar lo menos posible por si acaso hiciera falta para disparar sobre algo más que patos. Ahí estábamos, sin saber qué hacer, cuando aparecía un gran perro, que saltaba y jugaba alrededor de nosotros. Instantáneamente todos pensamos que los indios estarían cerca y nos preparamos enseguida para defendernos. Sin embargo, a pesar de todos nuestros temores no apareció ni un indio, lo que por cierto nos vino muy bien.

El perro se quedó con nosotros, tan encariñado como si lo hubiéramos criado. A la mañana se fue y, con precaución, algunos de nosotros lo seguimos para saber dónde iba… ¡y terminó atrapando un gran guanaco! El lector puede imaginar la enorme alegría que nos causó esto. Al perro le pusimos el nombre de “Antur”. Además del guanaco nos cazó dos o tres lindas liebres, hasta que un buen día no lo vimos más. Esta es, amables lectores, la verdadera historia de este perro. ¿De dónde vino? Ni yo ni nadie lo sabe, pero desde aquel día, hace casi 55 años, mi sincera opinión es que la Divina Providencia nos lo envió, cuando estábamos al borde de morir de hambre. Creeré esto mientras viva.

Cuando se nos terminó la carne que nos había conseguido Antur, conocimos escasez y una mañana, mientras estábamos ahí sentados, abatidos y desmoralizados, se nos acercó un zorro que también buscaba comida aparentemente. Si el animal hubiera conocido nuestra historia en aquel entonces, seguramente se habría mantenido a prudencial distancia, pero uno de los muchachos sacó su revólver y lo mató en seco. Lo cuereamos y trozamos, listo para la olla y mientras la carne hervía sobre el fuego, llegó el pastor A. Matthews desde Madryn. Después del reencuentro y de los saludos de unos con otros, preguntó por el bote y se enteró de que no había llegado; entonces preguntó: “¿Qué tienen en el fuego muchachos?” al contársele que era un zorro, dijo: “Ya viene un poco de comida para ustedes, chicos”, y se dio vuelta llorando.

No pudimos esperar que llegara la comida y, aunque tenía un olor muy fuerte, tuvimos que comer el zorro para reponer fuerzas. La mejor explicación que encuentro son estas palabras: “A buen hambre, no hay pan duro”.

Muy pronto se terminó la comida que habían traído Matthews y sus compañeros, porque habían tardado mucho en venir de Madryn, se extraviaron y fueron a parar al valle Superior.

Estuvimos más de dos semanas en una situación lastimosa; todos nos esforzábamos en dar una vuelta por la costa para ver si había señales del bote y para buscar agua salada para darle un poco de gusto a cualquier pájaro u otra cosa que pudiéramos conseguir para cocinar.

Después de Matthews, llegaron otros desde Madryn; llegaban casi muertos de sed y de hambre ¡y no teníamos ni un bocado para darles! Esta es la época cuando John Morgan no pudo soportar el viaje, y acostándose en el suelo, quiso dejarse morir. Los 19 habíamos viajado con bastante comida pero aquel tiempo no habíamos llegado a entender esa palabra tan común como “mañana”.

El bote (con víveres) había salido de Madryn cuatro días después de nosotros, pero se accidentó cerca de la entrada del golfo, por Punta Ninfas. Después de tanto esperar en vano al bote y su carga, no quedaba más remedio que algunos hicieran el esfuerzo de caminar de vuelta a Madryn para hacer saber cuál era nuestra situación, que era en extremo grave.

Algunos eran partidarios de que todos intentáramos regresar a la Bahía (Nueva), mientras que otros opinaban que mejor nos quedáramos donde estábamos, pasara lo que pasara. La vedad es que ninguno estaba en condiciones de encarar semejante viaje pues estábamos muy debilitados por las penurias y la poca comida. Sin embargo, también teníamos muchas ganas de ver a nuestros queridos padres, parientes y amigos, así que once de nosotros decidimos regresar a Madryn.

Un poco de agua para aliviar nuestra sed era todo lo que teníamos para mantenernos en el viaje de 50 millas por el áspero desierto.#

Lewis Jones, miembro destacado dela Sociedad Colonizadora

Lewis Jones (1836-1904), uno de los líderes principales de la Colonia galesa en la Patagonia, nació en Caernarfon. Trabajó de impresor y vivió durante cierto tiempo en Holyhead y Liverpool, donde se convirtió en un miembro destacado de la Sociedad Colonizadora. En 1862 fue elegido por el comité para inspeccionar las tierras de la Patagonia, junto con el capitán Love Jones-Parry. En 1865, fue enviado a Patagonia junto con Edwin Cynrig Roberts para preparar la llegada del primer contingente de emigrantes. Los primeros días de la Colonia resultaron ser durísimos, tanto que muchos de los emigrantes se desilusionaron profundamente. Muchos acusaron a Lewis Jones, por aquel entonces presidente de la colonia, quien decidió abandonar temporalmente Patagonia, pasándose 18 meses trabajando de impresor en Buenos Aires. En 1867, tras enterarse de que un número de colonos tenía la intención de dejar la Patagonia y emigrar a la provincia de Santa Fe en el noreste de Argentina, regresó y consiguió persuadirlos para que se quedasen. Lewis Jones regresó a Patagonia con su familia en 1871. Lewis y su esposa Ellen tuvieron dos hijas: Eluned Morgan, quien después llegaría a ser una gran figura literaria, y la otra Myfanwy Ruffydd, casada con LlwydapIwan, el hijo de Michael D. Jones. A partir de la década de 1870, Lewis Jones tuvo un papel fundamental en el gobierno de la colonia. Fue el responsable de la primera imprenta de la colonia y fundó los periódicos “EinBreiniad” (1878) y ‘Y Drafod’ (1891). En 1898 se publicó su historia de la Colonia, “Y WladfaGymreig”. La ciudad de Trelew [lit. “la ciudad de Llew”] lleva su nombre y todavía permanece allí una estatua suya. Jones también desempeñó el papel de pionero en los planes de construcción del ferrocarril entre Porth Madryn y el Valle del Chubut. Las obras de construcción empezaron en 1886 y el ferrocarril fue inauguarado oficialmente tres años después. La ciudad del final de la línea fue Trelew (en honor de Lewis Jones). Una curiosa estatua de Jones se puede todavía contemplar en el Parque Centenario de la ciudad.#

Mineros en Gales, agricultores en el Chubut

Por Ricardo Irianni

De las distintas historias de la colonización europea en la Argentina, la de los galeses en el Chubut tiene algunas particularidades. En principio porque a pesar de haber mucha tierra disponible en aquel entonces, se animaron a colonizar una zona más allá de la línea de frontera con el denominado Desierto, hecho que en 1865 suponía un desvarío. En segundo lugar, porque la mayoría de los colonos eran mineros de profesión y venían a trabajar la tierra en un ambiente desconocido, lo que tornaba la misión aún más difícil. No obstante ello, los galeses se transformaron en muy buenos agricultores, estableciéndose definitivamente en el Chubut sentando las bases de las primeras poblaciones estables al sur del Río Negro.

El éxito en su tarea se llevó adelante porque los galeses tenían esperanza en el futuro y, si bien la principal razón para emigrar de su patria era la búsqueda de un lugar para vivir mejor que en su tierra natal y progresar, es cierto también que tenían una fuerte determinación en mantener su cultura, sus tradiciones y, a través de su lengua galesa, mantener su religión y los valores cristianos. Fue así que junto al deseo de libertad civil y religiosa, y gracias al duro trabajo en conjunto, a la cooperación y a la determinación para afrontar las dificultades que se presentaron, los galeses del Chubut transformaron el desierto en un jardín y aún hoy disfrutamos su cultura y tradiciones.

Lewis Jones llegó a la Argentina a fines de 1862 para firmar un acuerdo con el gobierno argentino -con el ministro del interior, Doctor Guillermo Rawson-, cuyo objetivo inicial era poblar las tierras en las márgenes del Valle Inferior del río Chubut. En marzo de 1863 y después de visitar Carmen de Patagones, recorrió parte de la zona a colonizar. En el valle del Río Negro pudo apreciar el fructífero trabajo de los productores que llevaban una experiencia en la agricultura de más de 70 años, con la asombrosa cantidad de 3.000 hectáreas de trigo sembradas en aquel año de 1863 y más de 290 toneladas de trigo cosechado. Lewis Jones consideró posible repetir, o adaptar, aquella experiencia en el valle del Chubut, imaginando un comportamiento similar de ambos ríos, suponiendo un clima parecido de ambas zonas en cuanto a lluvias y temperatura. Este exceso de optimismo, sin un sustento técnico valedero, nos permite entender los desaciertos iniciales, la desesperanza de los primeros años y la idea de irse del lugar elegido por parte de los primeros colonos. Efectivamente, cuando intentan producir en el Chubut con las mismas técnicas que en el río Negro, se encuentran con los fracasos iniciales que los desaniman profundamente. Lewis Jones era muy joven cuando vino a la Argentina y su entusiasmo, su determinación y el deseo de ver una floreciente colonia galesa en la Patagonia lo llevó a minimizar las complicaciones de semejante aventura.

A los galeses les llevó un tiempo darse cuenta que tenían que canalizar el río Chubut para poder regar sus cultivos. Los pocos inmigrantes del Mimosa que eran agricultores de profesión se fueron del Chubut en busca de lugares más amigables para trabajar la tierra, quedando en la zona los mineros de profesión, para quienes no habrá sido más difícil cavar zanjas al aire libre para regar que su anterior trabajo de partir la roca en el corazón de las montañas de su lejana tierra natal. Así fue que al segundo año de su llegada y gracias a la construcción de pequeños canales, condujeron el agua del río para regar sus cultivos, técnica que permitió cosechar los primeros kilos de trigo patagónico. El colono Aaron Jenkins le escribe en 1872 a su hermano comentando que si los colonos que vinieron en el Mimosa hubieran sido todos agricultores “hoy no habría ni un galés en el Chubut”.

En 1874, al confirmar que era posible producir trigo y que en el Valle del Chubut se podría consolidar una colonia agrícola, Abraham Matthews viajó a Gales para atraer a más colonos a poblar estas tierras. Así llegaron más galeses con nuevas técnicas en agricultura y maquinaria que permitió al Valle mejorar su producción, realizando el increíble esfuerzo de construir a pico y pala los primeros canales de riego, que permitieron dominar las aguas del sinuoso río Chubut. De este modo, se pasó de producir unas pocas hectáreas en 1867, a más de 2.500 hectáreas en 1880, con el uso de la pala a caballo y cosechando el trigo con mejores y más modernas herramientas.

Entre los esforzados colonos que llegaron en la segunda década de la historia de la colonia galesa del Chubut se encontraba Benjamín Brunt, que era agricultor de profesión, que vino con su familia y que en Gales alquilaba tierras para producir, pero que no las podía adquirir. Brunt fue uno de los nuevos e inquietos colonos que vino a mejorar la producción agrícola del Valle del Chubut, incorporando herramientas y tecnología. Obtuvo premios internacionales por la calidad de su trigo en París y en Chicago y el trigo del Chubut fue desde entonces reconocido por su calidad a nivel nacional e internacional. Los crecientes ingresos por la venta del trigo permitieron a la incipiente comunidad consolidarse y mejorar sus condiciones de vida. Una carta de Benjamín Brunt escrita a su hermano hacia el final de sus días, en 1924, permite resumir en pocas palabras el sentimiento de agradecimiento de los colonos hacia la tierra que los cobijó: “puedo decir que vivo en la Patagonia como un rey, he criado a mi familia y soy dueño de la tierra que trabajo”.

El legado de los mineros galeses, convertidos en productores en la Patagonia, tiene un homenaje permanente en el escudo y en la bandera del Chubut. Efectivamente, la espiga de trigo muestra el fruto del trabajo y del esfuerzo y nos enseña que nada es imposible cuando se alimenta a la esperanza con esfuerzo, trabajo y determinación.#

Un hecho importante desde lo simbólico y lo histórico para la comunidad galesa

Julieta Gómez Otero y Silvia Dahinten, investigadoras independientes del CONICET en el CENPAT, participaron de la excavación en el año 1995. Fueron parte de todo el proceso a lo largo de 20 años, que tuvieron su en abril pasado con la confirmación de la identidad de Catherine Roberts Davies, primera mujer galesa fallecida en territorio argentino.

La importancia histórica de este hecho es lo que más se remarcó durante todo el proceso, la confirmación con un 99,8 por ciento de certeza de aquel resultado de ADN prestó la pieza necesaria para completar la identidad de aquellos restos encontrados en la zona de Punta Cuevas. Para las investigadoras que estuvieron desde el principio este fue un cierre satisfactorio, al cual muchas veces no pensaron llegar, pero que pudo concretarse finalmente.

“Pudimos lograrlo”

La investigadora y arqueóloga Julieta Gómez Otero dialogó con Jornada sobre el momento especial, un punto al que esperaron llegar durante muchos años, y remarcó que “fue una emoción muy grande, me cuesta creer que realmente pudimos lograr que coincidieran los dos ADN, pero el trabajo científico es así, lento, muy silencioso y depende también de tener o no financiamiento”, dijo.

Gómez Otero explicó que esta investigación la hicieron fuera de sus trabajos de investigación, y resaltó cómo se concatenó todo para llegar al inicio de esta historia, “si bien aparecieron los restos de forma circunstancial a raíz del paso de una máquina vial, un señor antiguo vecino de acá hizo la denuncia al CENPAT y así Silvia Dahinten, Fernando Coronato y Boby Taylor fueron al lugar, yo me sumé por la tarde porque estaba tomando examen en Trelew. El sitio estaba muy alterado, la máquina había barrido toda la parte superior del cajón, había huesos apilados a un costado y lo que hicimos fue un trabajo arqueológico de rescate, donde se trabaja con pinceles y zaranda de un 1 mm para recuperar todo tipo de material, hasta el más pequeño”, recordó.

También explicó que al terminar de limpiar el sitio “nos dimos cuenta que era un cajón, que tenía dos metros de largo, apareció el anillo de oro puesto en el dedo y dijimos listo, ya está, dice el nombre del marido y sabemos si es ella o no. Pero no tenía ninguna inscripción, tenía un sello muy borroneado que con el tiempo se pudo saber que era de una joyería de Irlanda”, sostuvo Gómez Otero.

Histórico

Luego de los primeros momentos, los estudios determinaron que “era un enterratorio cristiano, nada que ver con las sepulturas de los pueblos originarios, por lo que desde entonces estamos estudiando la posibilidad de que fuera Catherine Roberts, y hemos llegado a este muy buen fin”, remarcó Gómez Otero señalando que “sobre todo es muy importante desde lo simbólico y lo histórico para la comunidad galesa. La epopeya que pasó esta mujer, venir con los hijos, que se muera un chiquito en el mar, pensar esa escena de verlo irse en el mar y llegar a la nada, cuando en su patria no estaba pasándola nada bien. Es muy fuerte, desde lo emocional”, expresó.

En lo profesional lo consideró como algo “que es muy importante, pero lo comparto con los demás investigadores, y agradezco a Silvia que continuó con su tesis de que hasta que no se le diera la contrastación genética no había que darle identidad. A Fernando Coronato también que puso toda su pasión en todo esto, fue un trabajo conjunto, muy lindo y gracias a Dios pudimos terminarlo bien”, concluyó la investigadora.

Catherine Roberts Davies

Por su parte la investigadora Silvia Dahinten destacó la importancia de conocer la historia de Catherine Roberts Davies, “fue una historia muy dura la de esta migrante que llegó con su grupo familiar, donde de cinco hijos sólo sobrevivió uno. Uno muy pequeño falleció durante la travesía y fue arrojado al mar, otros dos murieron acá y estaban enterrados en un viejo cementerio en la zona de Rawson. Y el único varón que le sobrevivió migró en 1904 hacia Canadá”, expresó.

También, Dahinten expresó que en la antropología biológica “cuando hablamos de la cierta identidad de alguien, hay que darle identidad y ya al final del siglo XX y principios del XXI, la identidad únicamente se da a través de datos genéticos. Como la hipótesis que se manejaba es que el esqueleto era de Catherine Roberts Davies con una antigüedad de muerte al día de hoy de 150 años, esto ya es un esqueleto antiguo desde el punto de vista genético, por lo que la conservación no es la misma que en un entierro moderno”, remarcó la investigadora detallando las hipótesis que llevaron a transitar el camino que dio el resultado final.

Así en el año 2013, Fernando Coronato se contactó con dos descendientes “y tuvimos la suerte de que Ricardo Preve tuviera confianza en nosotros, y con el documental pudiéramos obtener el financiamiento para que Nía llegara a la Patagonia y en cinco días tuviéramos el resultado, con un 99,8 por ciento de certeza”, concluyó Dahinten.#

En busca del Mimosa

Por Marcelo Andrés Roberts.

En el 2013 con motivo de la víspera del sesquicentenario de la llegada de los galeses a la Patagonia, en Esquel y Trevelin se conformó una comisión para organizar dicha conmemoración “Pwyllgor yr Andes” de la cual fui el coordinador. Muchos proyectos nacieron en ese contexto donde se quería celebrar de todas la maneras posibles la rica cultura galesa aún viva en este rincón del mundo. Entre estos proyectos de recuperación y fortalecimiento del idioma galés, de las tradiciones, de los valores, de la historia… nació este de construir una maqueta del mítico “Mimosa”, el barco emblemático de la Gesta Galesa en Patagonia.

Conocía la existencia de una única maqueta en escala 1:50 que se encuentra en exposición en el Museo Marítimo Merseyside de Liverpool, puerto de donde zarpó el Mimosa con los galeses a bordo rumbo a Patagonia en 1865. Y se me ocurrió tener una maqueta igual en Museo del Desembarco de Puerto Madryn, punto donde el Mimosa dejó a los galeses después de su legendario viaje (soy un amante de las maquetas desde niño).

Comencé a buscar posibles maquetistas y descubrí que en el 2008 un maquetista naval con muchos años de experiencia ya había construido una maqueta escala 1:100 del clíper Mimosa en Buenos Aires a pedido de una descendiente (Nancy Humphreys) de uno de los carpinteros que reacondicionó el barco para el viaje de los galeses. Me contacté con él y le propuse hacer una nueva maqueta escala 1:50, y para mi sorpresa me respondió enseguida con un sí rotundo. Allí comenzó mi relación con Héctor Martinoia (71 años).

Me puse en contacto con Fernando Coronato del Museo del Desembarco de Puerto Madryn para proponerle este proyecto, por supuesto estuvieron interesados enseguida y nos pusimos en campaña de conseguir toda la información posible del Mimosa para Martinoia, solo se conoce del barco original una pintura que justamente ese año se había encontrado la auténtica en Australia y en colores, hasta entonces solo eran reproducciones en blanco y negro. Susan Wilkinson bisnieta del médico irlandés que viajó con los galeses y que escribió un libro muy completo sobre el Mimosa aportó con mucha información y ayudó a contactar a Tony Fancy quien fue el modelista naval que construyó aquella maqueta de Liverpool, como no existe ningún plano del barco original, él nos envió unos planos de un clíper estándar que fue de mucha utilidad sumado a los conocimientos muy amplios y precisos sobre arquitectura naval de todos los tiempos por parte de Martinoia, fue que se logró construir esta maqueta con todos los datos disponibles hoy de la nave original, inclusive pudo recrear los camarotes y compartimientos de la cubierta inferior que los galeses habían construido en el seno del navío.

El 25 de mayo de 1865 se embarcan, el 28 de mayo sopla el viento y el “Mimosa” parte al fin hacia la Patagonia. Más de 150 almas galesas le dan vida en este viaje épico, y hoy más de 70 mil argentino/galeses patagónicos soplan sus velas. Es uno de los tantos clíper construidos en los astilleros de Escocia y que reinaban los océanos en el siglo 19, plena era victoriana, señores de la famosa Ruta del Té. Una nave que ya transitaba su decadencia después de ya 12 años de vida útil y de varios viajes a lugares remotos del mundo pero no cesó de prestar servicios especiales para quienes la contrataran, su temple estaba por inmortalizarse en este viaje. Casi por casualidad pasó a la historia junto a estos galeses aventureros que pensaban viajar en otro barco, pero el destino quiso que se unieran para siempre en este punto de sus caminos, donde fue padrino de la “Gesta Galesa” persiguiendo una causa más que justa, un sueño casi imposible, la de salvar su cultura e idioma. Estos galeses modificaron su vientre, como si supieran que iba a ser su madre benefactora. Lograron hacer camarotes habitables en sus bodegas que solo conocían de cargas, bultos y especias, solo podemos imaginar hoy los perfumes y olores de esa madera veterana. Los clíperes fueron diseñados para ser más veloces, más estilizados y largos que sus antecesores, se convirtieron en formidables dueños de los mares. No había mucho espacio para tanta gente en sus cubiertas inferiores, aun así estas personas sencillas que venían diferentes puntos del interior de Gales soportaron los dos largos meses, las tormentas, las muertes, el hacinamiento y la precariedad con inigualable entereza y valentía. “Mimosa”, la suerte no podía elegir otro hermoso nombre para unirse en la eternidad con el sueño galés. Este nombre seguramente inspirado en su homónima, una de las cuatro estrellas de la Cruz del Sur, esa que lo guió en tantos viajes, y que en este en especial seguramente fue madrina y protectora de la suerte de ambos.

En 2017 Héctor Martinoia, después de 3 años, termina al fin el modelo escala 1:50 y llega la hora de trasladarlo a su morada final, anteriormente tuve el atrevimiento de preguntarle qué pensaba hacer con la maqueta escala 1:100 (mitad de tamaño que la nueva) y si no le gustaría donarla al Museo Regional de Trevelin (mis galensos cordilleranos me matarían sino los contemplaba a ellos también, jaja) y nuevamente me dijo sin pestañear que sí con gusto. Héctor completó esta maqueta, realmente un trabajo hermoso, y hasta le construyó la pecera de vidrio para protegerla. Y fue así que entregó “dos maquetas” del Mimosa que ahora ya son parte del patrimonio de toda la provincia, ubicadas cada una en los extremos del cosmos galés de la Patagonia (La Costa y Los Andes), antes de esto no había ninguna maqueta precisa y pública del Mimosa en Chubut.

Fuente: Jornada

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