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Sábado, 31 de Octubre de 2020

El jefe nazi prófugo que fue concejal en Santa Rosa de Calamuchita

CARINA MONGI*

Un nuevo libro recupera la historia de Ludolf von Alvensleben, un alto jerarca del régimen de Hitler, que vivió sus últimos 20 años en Calamuchita, con una activa vida social.

(Córdoba. - 20/09/2020) Domingo 20 de septiembre de 2020 - 00:06
En un extremo marcado por altos cipreses del cementerio municipal de Santa Rosa de Calamuchita, la lápida dispara el nombre Ludolf Hermann von Alvensleben. No es uno más.

En este pueblo serrano vivió y murió este alto jefe de las SS, la temible escuadra de choque del régimen nazi de la Alemania de Adolf Hitler.

En bici y con su cuaderno de notas en la mochila, hasta allí llegó una tarde soleada de 2006 la docente y escritora local Elisa Pardo. En ese momento decidió que escribiría la historia de “Bubi”, quien vivió sus últimos 16 años en Santa Rosa y, lejos de otros camaradas ocultos, con un muy alto perfil.

“Bubi” fue concejal, presidente del club Unión, integrante de la cooperadora policial e inspector de la Provincia para controlar a pescadores furtivos en Calamuchita. Para nadie aquí era un exoficial nazi.


Los relatos que Elisa escuchó desde chica sobre “el alemán”, alimentaron su curiosidad y su oficio de historiadora. Los datos, documentos y testimonios que recopiló quedaron plasmados en La búsqueda de Hubertus, acompañando el recorrido de un descendiente del alemán que reflejó en un documental la vida que intentaban ocultarle de su bisabuelo.

Ambos, en distintos momentos, fueron tras la huella de Von Alvensleben.

El libro de Prado, de 136 páginas, fue publicado hace pocos meses, en medio de la pandemia.

Enigmas abiertos

El sacerdote de aquellos años había dispuesto un espacio segregado en el cementerio, adonde enterraban a “evangélicos, adúlteros o nazis”, entre otras “categorías”.


“Otros lo voltearon, pero quedaron rastros del muro vegetal”, desliza Elisa, mientras desanda el perímetro que tantas veces caminó en este tiempo. Asegura que siempre hay flores en su tumba, y con ese dato alimenta un enigma.

Todavía retumba –y se lee en sus libro– el grito seco con brazos extendidos de un grupo de excamaradas, vestidos de negro y hablando alemán, el día de 1970 en que fue enterrado en esa tumba. Con el mismo sigilo que llegaron, se fueron. No eran tiempos en que nadie se preguntara demasiado. Al menos en voz alta.

Esa es una de las tantas historias de vida y de muerte de “Bubi”, que pasaron de boca en boca.


¿Cómo una persona capaz de las peores atrocidades, se tomaba un café rodeado de amigos en un bar del pueblo en el que rehizo su vida? Ese interrogante era central para la reconstrucción de la vida del nazi, que abordó Pardo.

Von Alvensleben llegó a Argentina tras el final de la Segunda Guerra Mundial, huyendo de la Alemania derrotada, a través de las conocidas “ritlines”, la vía de escape que permitió que cientos de jerarcas nazis evitaran los juicios y condenas seguras por los crímenes cometidos.

El término inglés se refería a las escalerillas de los barcos, por donde se encaminaba la huida organizada. Pero se popularizó con otro sentido, por el parecido fonético y no por la traducción literal, como “la ruta de las ratas”.

La escapada, con connivencia del Vaticano y varios organismos internacionales, catapultó a los jefes nazis a países con gobiernos “amigos”. Muchos llegaron a Sudamérica.

Elisa recuerda que a la Argentina, gobernada por Juan Domingo Perón, ingresó como “forestador” y con el nombre falso de Carlos Lücke estampado en su documento.

Lo utilizó mientras vivió en otras localidades cordobesas, pero al pisar Santa Rosa decidió –la razón es otro misterio– desempolvar su verdadera identidad.

Para casi nadie era un secreto quién era y de dónde venía.

En fotos. El jerarca nazi con su uniforme cuando se desempeñaba como un alto jefe de las SS hitlerianas.

En fotos. El jerarca nazi con su uniforme cuando se desempeñaba como un alto jefe de las SS hitlerianas.
Había escapado de una dura condena por crímenes de lesa humanidad, pero en Santa Rosa se tomaba un vaso de vino blanco en los bares La Vaca o en La Pampa con vecinos que lo integraron en su vida cotidiana.

Por su amistad con un dirigente radical, llegó a integrar la lista de concejales de una rama de ese histórico partido.

Las runas nórdicas que anteceden a su fecha de nacimiento –17 de marzo de 1901– y de su fallecimiento –1 de abril de 1970– en su tumba son un signo elocuente de que perteneció a las temibles SS alemanas, precisa Elisa.

“Era teniente general y dirigió el frente oriental en Crimea, en plena Rusia, y allí cometió infinidad de asesinatos”, describe la mujer.

Tenía “sangre azul”: pertenecía a una familia prusiana con castillo, prosapia y escudo de armas. “No era muy común convencer a un oligarca que entrara al partido nacionalsocialista, era una excepción”, asegura.

A su lado, yacen los restos de su esposa Melitta Sophie Von Guaita, quien vivió dos décadas más que su marido pero mudada a la vecina Villa General Belgrano. Melitta murió en 1991.

Un jefe alto

“Bubi”, el apodo que traía desde su seno familiar, no pasaba desapercibido ni queriéndolo: medía 1,98.

“Era un pez gordo”, grafica la historiadora, y no solo por su contextura física. El reconocido investigador judío y “cazanazis” Simon Wiesenthall, concluyó que el hombre tenía un cargo más alto que el célebre Josef Mengele.

Varios registros indican que fue uno de los dos nazis con mayor jerarquía refugiados en Argentina.

Pardo intentó descifrar el epitafio, aunque resultó “una burla final, como un galimatías” complejo de desentrañar, según apuntala. “Herr auf Schochwitz, Krimpe U. Wils” son las letras en esa tumba, que ella tradujo como “el señor de Schochwitz”, que refiere al castillo medieval de 1462 que heredó y que supo ser sede de reuniones de la cúpula nazi, que luego perdió por deudas y que recuperó cuando Hitler llegó al poder. Con la huida, ya no fue suyo. Hoy, es un centro de sanación. Cuenta Elisa que a su cuidador de décadas, en su época de oficial nazi, lo mandó a morir a un campo de concentración. “Krimpe es quizás Crimea, no lo sé”, admite la escritora, quien ni con la ayuda de especialistas logró desentrañar el sentido.

A 75 años del final de la Segunda Guerra Mundial y a 50 años de la muerte de Von Alvensleben, aún su presencia impune en suelo cordobés es un tema tabú entre muchos.

“Hubo gente que me ayudó mucho y otra que me cerró la puerta”, reconoce la escritora. Por eso no pudo documentar todo el material, y debió conservar en el anonimato a más de un testimonio. “Todavía hay muchos prejuicios y temor”, desliza. Otro dilema es que casi todos sus contemporáneos ya fallecieron.

En fotos. Otra imagen junto a camaradas nazis con Ludolf von Alvensleben con un uniforme de teniente general.

En fotos. Otra imagen junto a camaradas nazis con Ludolf von Alvensleben con un uniforme de teniente general.
En su libro recopila fotografías inéditas, como cuando jugaba los partidos “de pelados contra peludos”, el acta de defunción, su firma.

Von Alvensleben tuvo un hijo en Alemania en los “lebensborn”, un programa de reproducción para promover el nacimiento de bebés arios, buscando la pureza de la raza.

Elisa recuerda que a los miembros de las SS se les permitían relaciones extramatrimoniales en estos hogares, para contribuir con la población del Tercer Reich. “Bubi” fue, en muchos sentidos, un engranaje activo de la locura hitleriana.

”Bubi” vivió y murió en Córdoba mientras era buscado como prófugo por la Justicia de Polonia, que lo había condenado –en ausencia– por la muerte de 4.247 personas en Crimea, en 1947.

Una nueva vida, como si no tuviera pasado

“Es frecuente en la vida de otros nazis, que después de huir a otros países armaron sus vidas completamente adaptados y tuvieron como una nueva moral, como si se pudiera separar el pasado”, analiza Elisa Pardo.
“Mucha gente sabía quién era, o de dónde venía, y no pocos estaban orgullosos de ser sus amigos, de participar con él en los partidos del club Unión, o en ir a tomar una ronda al bar”, describe una instantánea de aquella década de 1960.
“Siempre andaba con armas, sostenidas en el cuerpo con cintos”, evoca la mujer. En el patio de su humilde casa, sobre ruta 5, se levantaban siluetas de madera. Se supone que para prácticas de tiro.
Jorge Camarasa, periodista ya desaparecido que investigó la presencia nazi en Argentina durante años, también escribió sobre Von Alvensleben. En una de las notas que Camarasa escribió para La Voz, en 2011 contó otro perfil de “Bubi”: el de buscador de uranio en plenas sierras. Ese texto describía que fue el primero en rastrear, con acierto, rastros de uranio en el cerro Blanco, cerca de Villa Yacanto, en la década de 1950, asistido por un físico nuclear rumano y con aval del Estado nacional.
*Corresponsalía Calamuchita

Fuente: La Voz del Interior

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