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Miércoles, 5 de Agosto de 2020

Los cordobeses que no tienen agua ni para lavarse las manos en pleno siglo 21

MATÍAS CALDERÓN

En parajes del norte y noroeste cordobeses es complicado cumplir con las normas básicas de higiene para protegerse del Covid-19. La provincia sigue teniendo pueblos donde sus habitantes pasan semanas enteras sin agua.

(Córdoba. - 29/07/2020) Cachiyuyo es un caserío que se recuesta en la zona noroeste del mapa cordobés. Hacia el sur tiene como referencia a Serrezuela y, siguiendo esa dirección, aparece la ventosa localidad de La Playa. Si los cachiyuyenses miran hacia el norte, se topan con el cordón salitral de las Salinas Grandes.

Alberto Calderón (45) vive allí desde que es un niño. Recuerda aún con dolor la sequía que en el año 2013 azotó aquella zona. Alberto se hace una pregunta que se va a repetir una y otra vez, en voces distintas pero concatenadas por la misma idea: “¿Saben lo que significa no tener agua para vivir?”, dice el campesino mientras el silencio llena ese espacio de dolor.

Él creció con la premisa de que al agua primero había que buscarla y después cuidarla. Así que cuando los sorprendió la falta de lluvia no demoró en promover soluciones. “El 2005 fue la época de las sequías. Los pozos se empezaron a secar y esa era la única fuente que teníamos para consumo y para la cría de animales. Teníamos un pozo escaso, pero sabíamos que en un trayecto de 10 kilómetros había 14 perforaciones en campos privados”, recuerda Alberto.

La situación generó el descontento generalizado y fueron a golpear la puerta del Ministerio de Agricultura de la Provincia. Llevaban bajo el brazo un proyecto para construir una “red de agua campesina”.

“Por aquel entonces estaba vigente el Plan de Desarrollo Noroeste que dependía del Gobierno de la provincia. Presentamos nuestra idea en ese marco y pedimos materiales para construir una red de agua. Nos comprometimos a cavar la zanja de la canaleta, de 15 kilómetros”, comenta el poblador.

Para Alberto, la vida en Cachiyuyo cambió de manera sustancial. “En ese momento había 25 familias que se beneficiaban y hoy hay más de 40. Sumado al agua, estaba el pedido del tendido eléctrico. Si bien no se terminó la obra (se colocó el cableado sólo en el camino principal) un 50 por ciento de las viviendas tienen luz. Estos dos cambios hicieron que muchos jóvenes decidan quedarse a vivir en su pueblo”, celebra.

Sin embargo, la solución no abarcó a todas las familias. Hoy sigue habiendo 10 grupos familiares que no tienen acceso al agua y representan a un 20 por ciento de la población total.

“Abrir una canilla y que salga agua era un sueño en el rancho. Nunca pensamos que podía hacerse realidad. Vivimos en una zona muy postergada y abandonada por todos los gobiernos”, señala Alberto a pesar de las limitaciones.

Una hora por día

Luis Nieto (50) es el hombre tras la voz que se hace sentir en Lucio V. Mansilla, la pequeña localidad ubicada 200 kilómetros al noroeste de la ciudad de Córdoba. Asegura que puede contar anécdotas por horas. Y dice que no cualquiera podría vivir en su apacible pueblo.

“Acá no hay nada. Cómo será que ha llegado el dinero para los kits de higiene contra el coronavirus, pero sólo hay 60 para 400 familias. Nuestro problema más grande es el agua”, se lamenta.

El hombre fue elegido en las últimas elecciones como concejal por el partido Encuentro Vecinal. Sin embargo, se define como una persona común. Además, como muchos otros referentes, atiende un comedor que brinda asistencia a 140 niños de la zona.

La falta de agua tiene un impacto directo en la salud
“En el invierno usamos poco el agua, la cuidamos mucho. Con los primeros calores del año ya no llega ni una gota. El agua nuestra viene de Quilino hasta una cisterna. En 20 años sigue habiendo una sola”, relata Luis y explica que usan la misma agua con la que se lavan las manos para dar de beber a los animales.

Además, subraya que sólo tienen acceso al agua durante una hora por día. Las restricciones y la falta de disponibilidad son dos problemas que para Luis atentan contra la salud y el bienestar de las familias de Lucio V. Mansilla.

“En el plazo de un mes, por lo menos hay 15 días en los que no tenemos ni una gota de agua. Así que hay que organizarse muy bien para recolectarla. De todas formas, terminamos guardando agua que se pone fea, se enturbia”, reconoce.

Para Luis, sus conciudadanos llevan una vida de postergaciones. “A la gente que vive en estos lugares tendrían que pagarle por el solo hecho de estar acá. Las familias tienen entre ocho y nueve hijos, pero hay mujeres que tienen hasta 15. Estamos acostumbrados a trabajar: en la salina se paga 14 pesos la bolsa de 50 kilogramos. Y los chicos jóvenes no encuentran nada que hacer”, se aflige.

Vecinos de Cachiyuyo hicieron canaletas para servir agua. (Fundación Plurales)

Vecinos de Cachiyuyo hicieron canaletas para servir agua. (Fundación Plurales)
Junto con el agua, el otro problema que Luis considera como “estructural” es la falta de energía eléctrica.

“La electricidad también llega de Quilino. Pero cuesta una fortuna tener luz, así que muy pocos cuentan con ese servicio. Las boletas suelen ser de 2.500 pesos. Sin luz y con el agua puesta en tachos oxidados de 20 litros, que se guarda allí durante 15 días, las enfermedades y las calamidades se multiplican”, dice con amargura.

Mates con De La Sota

En el paraje Las Abras, ubicado en el departamento Cruz del Eje, dicen que hay un “tipo” que es sinónimo de la lucha por el agua. Los más osados narran cómo fue que “hizo salir agua de las piedras”. También cuentan que se llama “Pipo” pero el hombre en cuestión aclara, con un tono picarón y a la vez muy serio, que se llama Cipriano Ramos.

Con 69 años, Cipriano habita el paraje vecino a Las Abras: Iglesia Vieja. También coincide en que tiene una historia para contar. Todo comenzó en el año 2010, cuando él y sus vecinos se cansaron de los problemas.

“Nos empezamos a juntar y dijimos que íbamos a pelear por el agua. En aquel entonces la gente se iba, porque las siembras se secaban y se morían los animales. Ahora también pasa, pero hemos avanzado”, enuncia con un tono apagado.

Después de mucho andar, en el año 2015 fueron visitados por el exgobernador José Manuel De La Sota. “Vino el gobernador y entró a mi casa. Se sentó en una silla que tengo acá, en mi modesta vivienda, y nos prometió una solución. Tomamos unos mates y escuchó con paciencia. Después nos ayudó con materiales”, recuerda.

Cipriano cuenta que tras aquellos mates lograron realizar una perforación en su campo, con un sistema que implicó cavar a lo largo de 16 kilómetros. Este circuito lleva agua a 26 familias.

“El agua es salada. Es de muy mala calidad. ¿Pero vos sabés lo que es no tener agua para tomar? Es desesperante, así que igual la tomamos”, cuenta.

Junto al Movimiento Campesino de Córdoba lograron construir 16 cisternas de placa, que sirven para acumular agua de lluvia. “Pero estos son paliativos. Necesitamos que se concrete el revestimiento de los conductos del dique de Pichanas. Esta sería la solución que debería dar el Estado, para abastecer de agua a nuestras viviendas”, pide el hombre que merendó con el exgobernador en su sencilla vivienda.

Elcano y La Rinconada

En Sebastián Elcano, 170 kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba, hay gente que celebra “la red solidaria del agua”. Uno de ellos es Daniel Martínez (41). “En la zona urbana se ve a la carne como un bien valioso. Pero acá carne hay, lo que falta es el agua. Cuando no tenemos agua hay que esperar que la provea la Municipalidad de Villa de María. Pero hay que pagar el gasoil y es caro”, comenta.

Su casa no queda lejos de La Rinconada, un paraje más hacia el noreste, a 230 kilómetros de Córdoba Capital, donde el problema se agrava. Zulema Angulo es una referente que durante años se desempeñó en ese pueblo como agente sanitaria. “Hay tiempos en que pasamos 16 días sin acceso al agua. En este momento en que se pide que nos lavemos las manos, para cuidarnos del Covid-19, la consigna se vuelve imposible para mucha gente”, cuenta.

La Provincia avanza en obras con eje en la recolección de agua
Daniel sostiene que la gente no podría sobrevivir de no ser por la solidaridad que prima en aquel lugar. “Hay una red de favores. Cuando se acaba el agua se le pide al que va a salir para el pueblo, o se comparte el agua. Si uno va hacia alguna ciudad con agua, lleva botellas y bidones para llenar. Eso se reparte entre los vecinos”, relata.

Zulema coincide con la aseveración de Daniel. Pero agrega que la contrapartida son “las guerras del agua”. “Las vecinas se pelean porque no alcanza. Entonces empiezan las recriminaciones, porque esta se llevó un poco más y aquella dejó sin agua a la otra vecina. No me parece que las comunidades tengamos que pasar por esta situación”, analiza.

Los pobladores dependen en gran medida de la organización propia para resolver el acceso al agua. (Fundación Plurales)

Los pobladores dependen en gran medida de la organización propia para resolver el acceso al agua. (Fundación Plurales)
Daniel agrega que los habitantes de La Rinconada se vuelven “trashumantes” por la escasez de agua. “Para que no se muera el ganado, lo trasladan a lo largo de kilómetros. Lo más común es que vayan a La Costa, que queda a unos 15 kilómetros. Allí se quedan por días e incluso a lo largo de los meses”, explica.

Zulema, por su parte, lamenta que desde el año 1992 haya proyectos inconclusos para llevar agua a La Rinconada y hacia aquella zona. “Nos han visitado autoridades, nos han presentado proyectos. Incluso se llegó a nombrar un fondo que aportó Kuwait, pero nunca llegó el agua a estas tierras”, se entristece

Fuente: La Voz del Interior

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